por Angel L.Herrero
Subía los peldaños de dos en dos, al galope,
con rabia. Iba confuso, algo aturdido, y estaba furioso… sí, furioso, por qué
no había de estarlo. Sentía calor y sentía frío a la vez: era una sensación
extraña e incongruente; es verdad, pero eso percibía. Todo el trayecto desde la
cafetería hasta su casa había venido rumiando lo acontecido durante la tarde. Era
la misma cafetería donde se citaron la primera vez. ¿Casualidad? Qué más daba.
Seguía considerando que ella no estaba siendo justa ni razonable. Llegó hasta
su rellano, el tercero, y se situó ante su puerta, la derecha. Abrió con
nerviosismo —le costó acoplar la llave en la cerradura— y entró
apresuradamente, desplomándose a continuación sobre un enorme sillón orejero
colocado en medio del saloncito. Ese sillón (el único lugar cómodo donde sentarse
en toda la casa) era utilizado tanto para los momentos de regocijo como para los
de desesperación. Ahora tocaba desesperación. El sillón parecía darse cuenta de
la consternación de su “amo” porque éste notaba consuelo al apoyar la cabeza en
una de las orejas de cuero.
Él intentaba dejar la mente en blanco para
serenarse pero no podía. No aceptaba los argumentos de ella; en realidad, sus
elucubraciones, porque razones, verdaderas razones, lo que se dice razones de
peso, justificadas y racionales, pensaba que no existían para mandar al garete
lo que él suponía que era una relación sólida. Al menos no adujo motivos
concretos: sólo deseos y alguna que otra lamentación.
Se levantó para prepararse un café. Él solía
tomarlo cuando necesitaba pensar con cierta profundidad. Sus compañeros del
gabinete enseguida apostillaban: “Va a por un café, dejadle: ha de discurrir”.
Su jefe, el arquitecto, también había observado cómo en esos momentos, mientras
sorbía con delicadeza, su concentración era máxima. Una manía como otra
cualquiera, replicaba él para justificarse. Como era habitual, su cafetera de
acero inoxidable —uno de los más apreciados regalos que le hizo su madre cuando
se independizó— se encontraba limpia y preparada para su uso inmediato. Realizó
ágilmente los preparativos. En cuanto el café estuvo listo, se sirvió una
generosa cantidad (solo y con una escueta cucharada de azúcar) y se acomodó de
nuevo entre las orejas del sillón. Olfateó la bebida y detectó su intensidad.
Con el primer paladeo se sumió de nuevo en sus considerandos.
En la concurrida sala de la cafetería, repleta
de mesas ocupadas la mayoría por jóvenes parejas aparentemente ensimismadas, ella
había mencionado la rutina como uno de los males de la relación; el
costumbrismo, dijo en concreto, qué palabra (¿existe?), y siguió: “Siempre
yendo a los mismos lugares, siempre haciendo las mismas cosas, siempre viendo a
la misma gente”. Él se había fijado entonces en los semblantes a su alrededor y
le pareció que esos otros rostros transmitían multitud de encuentros y
reencuentros, mezclándose con el humo del ambiente y un potente olor a piel
asustadiza. Puede que así fuera, había respondido él, ¿y qué?, agregó con suficiencia,
nada nos debería impedir que aquello que no nos agrade demasiado e incluso que nos
pueda disgustar se cambie y en paz.
Se irguió en el sillón para dejar la taza en
una mesita lacada situada a su izquierda. En esa posición se repitió lo último
recordado: “que no nos agrade…”, enfatizando cada palabra. Y añadió en voz más alta
como si necesitase que ella le oyese: “… a ambos, que no nos agrade a ambos. A
los dos por igual”.
Sentada de forma mohína en una de las butacas
de madera desgastada de la cafetería, ella había reconocido que llevaba tiempo
bastante abatida, como si todo se derrumbase a su alrededor. Pues no me había dado
cuenta, repuso él como no dándole importancia. Ella prosiguió diciendo que se
veía en la cima de un endeble castillo de naipes (de esos que algunas veces él erigía
en las frías tardes de invierno mientras ella miraba la tele sin mucha
atención) muy próximo a caer y confesó que la única salida que veía era dar un
vuelco a su existencia… a su tediosa existencia, recalcó. Y así sin preparación
—sin anestesia, que diría un antiguo compañero de universidad de ambos del que
no habían vuelto a saber nada después de marcharse a un diminuto país africano
a construir hospitales y colegios— ella había soltado que lo más coherente era
cortar. ¿Cortar era lo más coherente?… Ante ello, en medio de la jungla de
mesas, él emitió un berrido de confusión un tanto absurdo. De inmediato, observó
de reojo los aledaños al percatarse del posible ridículo. En efecto, algunos vecinos
dirigían hacia ellos, o más bien hacia él, unas miradas que le parecieron
recriminatorias.
Ahora, cobijado en su sillón, profundizaba
con cierto enojo: ¿Qué tendrá que ver todo ese tinglado que se ha montado en su
cabeza con la coherencia? ¿Es que no estamos hablando de sentimientos? Con
claros síntomas de rabia, se volvió hacia la mesita lacada y asió de nuevo la
taza dando un prolongado trago.
Cuando él le indicó sus dudas, ella exclamó
entonces con cierta vehemencia que se sentía oprimida. ¿Coherencia, opresión?,
acaso en vez de una pareja formamos una asociación ideológica o algo parecido,
replicó él algo airado sin importarle ya si los demás se interesaban o no por
sus cuitas. Ante tal exaltación, ella había ladeado su cuerpo con desdén y clavaba
la vista en el trajín de la barra. Tras unos momentos de silencio, él quiso que
ella comprendiera que después de cinco años saliendo era lógico pensar que tal
vez fuera necesario, incluso saludable, realizar algunos cambios. Es más, le
dijo, mientras apuraba su cerveza ya templada debido al largo tiempo de
discusión, que podía ser hora de hacer —¿por qué no?— grandes cambios. Ella mostró
un cierto gesto expectante aunque sin convencimiento. Por ejemplo, continuó él
intentando ser sugestivo, podemos empezar por vivir juntos de una vez, ¿no? Podía
ser una excelente salida ¿qué te parece? Bien es cierto que ella se había
negado a ello de forma reiterada y él no acertaba a comprender el motivo (¿miedo,
inseguridad, falta de amor?). Él fue quien adoptó entonces una postura
expectante ante su respuesta. Pasaron unos instantes eternos y tensos antes de
que ella volviera a reiterar su deseo, mejor dicho, su inapelable decisión: abandonar
la relación. No había opción, por lo visto.
Él terminó su taza de café y, arrellanándose
de nuevo, suspiró con energía: “Nuestros objetivos son divergentes”. Volvió a
sentir esa curiosa sensación de frío y calor simultáneos. Cerró los ojos y
pensó que no podía dejar que las cosas terminaran así, sin más, tenía que
hallar alguna solución, algo que a ella le obligara a replantearse su dramática
postura. Se levantó y se encaminó a la habitación (pequeña pero luminosa) donde
disponía de un lugar bien organizado con sus útiles de delineante. Allí solía acabar
tareas del trabajo, bien por urgentes, bien por no concluidas a tiempo en el
gabinete. La casa se componía, además, de un dormitorio con la cama de
matrimonio, el salón presidido por el sillón orejero, una angosta cocina y un todavía
más angosto baño. El piso era reducido aunque “bien distribuido”, como en una
ocasión había comentado la hermana mayor de su madre quien valoraba las
viviendas por la cercanía entre las habitaciones. Y dado el tamaño de la casa, las
habitaciones estaban desde luego muy cerca unas de otras. Miró por la ventana,
sin cortinas aún. Empezaba a anochecer. El atardecer era su momento preferido
del día aunque no sabía por qué. La luz de la tarde se apagaba, igual que su
futuro. Pero se resistía a asumirlo. Y no lo asumía porque no alcanzaba a
entender el modo en que ella pretendía romperlo.
Volvió a pensar en qué sería preciso plantear
para enderezar el rumbo. ¿Quizá si le compro algo?, se preguntó. No, algo
material no serviría: ella no era de las que se conformaban con detalles
superficiales. Encendió su ordenador de forma instintiva al tiempo que seguía dando
vueltas a la necesidad de acertar con una buena proposición. El monitor
desplegó la imagen de bienvenida. Dijo su nombre (disponía de reconocedor de
voz) y después una contraseña; casi al instante emergió la representación
tridimensional de un león saltando (el símbolo de su empresa). Tuvo suerte de
que su jefe, un apasionado de las más innovadoras tecnologías, le
proporcionara, a poco de empezar a trabajar para él (como gesto de confianza,
dijo), un ordenador de ultimísima generación para su uso personal. Entraré en la
red y buscaré sugerencias, se animó. Pronunció la orden y apareció la página
inicial del navegador. Mientras se exprimía el cerebro, rozó con el dedo índice
de su mano derecha un botón situado en la parte inferior de la pantalla táctil,
que indicaba Búsqueda de Ideas. Una
serie de representaciones gráficas aparecieron en la pantalla, a modo de
alternativas. Se levantó agitado para reflexionar. Volvió a mirar a través de
los cristales hacia un cielo que se eclipsaba lentamente. Intentaba relajarse,
pero la ansiedad le obligó a sumirse de nuevo en el mundo de la red. Entonces
sintió un frío ciertamente intenso además de calor, una sensación un tanto
incómoda (una sensación rara).
Buscó entre los diferentes iconos que presentaban
las posibles opciones. Observó un instante y al final se decidió: “¡Eso es, Viajes!”. Podría ser una gran idea, pensó.
Un viaje a un lugar lejano, insólito, emocionante, puede abstraer de esa famosa
“rutina”, del tedio y de la apatía, incluso puede permitir encontrar deseos
comunes, ambiciones especiales. Será una formidable solución, ¡sí, señor!: la
experiencia de un viaje (cuanto más exótico mejor) siempre se recuerda, sus
vivencias siempre acuden a la mente en los momentos más depresivos. Si salía
bien —y por qué no había de salir bien—, seguro que a ella le permitiría cambiar
su actual y, sobre todo, la futura percepción negativa de la vida en común. Él
se entusiasmó con esta perspectiva y tocó la imagen de un avión en pleno vuelo
con nubes alrededor que representaban los viajes. Nuevos iconos brotaron entonces,
mientras de fondo sonaba una melodía sosegada y cadenciosa.
Durante más de media hora estuvo abriendo en
la red enlaces de todo tipo. Consultaba itinerarios, lugares y actividades que las
empresas especializadas ofrecían. Utilizó un simulador tridimensional que
usaban en el gabinete para ver imágenes espaciales. Mediante esta herramienta
informática cargaba fotografías de los lugares más insólitos, sorprendentes, de
espectaculares coloridos y bellezas. Podía incorporar en las escenas personajes
a los cuales adosaba sus propias fotos. De este modo, verse con ella, juntos los
dos, disfrutando de las situaciones representadas, le provocó una excitación
increíble. Pudo apreciar cómo escalaban montañas imponentes, cómo navegaban por
ríos tempestuosos, cómo se asomaban por los recodos más impresionantes de las maravillas
históricas del mundo. Así estuvo un buen rato hasta que finalmente halló lo que
adivinó iba a ser su gran apuesta. A ella le encantaba, le entusiasmaba el mar.
Cuando alguna vez habían ido de visita a lugares costeros, nunca se cansaba de dar
largos paseos a la vera del mar, de caminar por las playas y por los
acantilados, de saborear los austeros puertos pesqueros. Cuando le llegaba un
olor singular de esos que tanto abundan cerca de las aguas marinas, levantaba
la nariz con actitud casi infantil para captar el aroma. Decía que el mar era
su gran amor… después de ti, añadía a continuación con una pícara sonrisa. Ensimismado
con estos recuerdos, él observaba la escena que les mostraba a los dos
abrazados en la cubierta de un yate, arropados por un océano guardián de sus
deseos y al fondo un atardecer discreto y conciliador. Ahí estaba su baza.
Preparó toda la información para ese largo y
tentador crucero, a su aire, atracando en lugares paradisíacos, en ciudades y
pueblos sugestivos, en parajes irresistibles y hablarían mucho, de su futuro,
de sus ambiciones y de sus ilusiones. Cuando lo tuvo todo organizado lo incluyó
en un video-documento y abrió el programa de correo electrónico. Con voz firme
y exultante dictó la dirección de ella, escribió un lacónico “por nuestro futuro, con todo mi amor” y
se lo envió adjuntando además una de sus canciones preferidas para que sonara
de fondo mientras paladeaba la propuesta. Se asomó por la ventana, relajado, aliviado,
contemplando la noche que ya había caído completamente y asegurándose a sí
mismo que ella aceptaría la idea sin lugar a dudas. De nuevo, calor y frío al
mismo tiempo, pero esta vez la sensación era más agradable, más estimulante,
como cuando te arropas con una toalla esponjosa nada más salir de la ducha.
Mientras esto ocurría en casa de él, en casa
de ella se llenaban varias maletas con multitud de vestidos, utensilios,
recuerdos y pertenencias. Poco después el taxi volaba cargado con todos los
bultos hacia el aeropuerto. En el interior de un avión cuatrimotor con destino
a una isla del Pacífico ella besaba a otro en el momento de elevarse en el
cielo.
* * *
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada